jueves, enero 31, 2008

Regresé con una vida y 79 luces


que me inspiran a creer que tu carne es el centro de la vía láctea, la entrada simulada de un corazón húmedo y paradisíaco, no atómico, sino infinitamente bello, caliente, caliente, caliente y virgen.

Encontré la puerta, entré sin llaves y sin cerraduras; con salidas alternas envueltas en un laberinto donde no pienso salir sino seguir comiendo de ilusiones necesarias para existir.
Deseos envueltos en látex, caricias de versos escondidos en la epidermis, perdidos, reposados, sólo besos que arden de una poesía generada en las raíces de tus dientes, los sueños, las manos, la piel. Mi lugar en tí.

Probé un trozo de tierra donde crecieron semillas del cielo,
a veces lunares, más cósmicas, quizás terrenales, mágicamente violentas,
espuma que derrma noche, silencio y dos gritos. Una envidia ancestral de esas de cuentos o leyendas o mitos o cielos o aires o nadas o piedras o amantes.
Siempre ha sido mi boca un rincón para tus dedos (y los que nos cuidan lo saben), estoy ansioso por penetrar una y otra vez la vida que me regalaste, setenta y nueve veces, hasta que los dioses estén satisfechos, y las Alicias sonrían (por ellos) por nosotros.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

hola que bueno que ya andes por estos rumbos



saludos

Abbita dijo...

Ya era horaaaaaa!!!´comote atreves a abandonarnos tanto tiempo! eh eh eh!!!!

besos Memo!!